Fish

miércoles, 16 de mayo de 2012

"primera nieve en el monte fuji & jiro"



-Ya hay nieve en el monte Fuji. Eso es nieve, ¿verdad? -dijo Jiro.
También Utako miró al Fuji desde la ventana del tren.
-¡Cierto! ¡La primera nieve!
-No son nubes, ¿verdad? Es nieve -insistió Jiro.
El Fuji estaba envuelto en nubes. La nieve de la cumbre tenía en el cielo encapotado un color semejante al de una nube blanca.


"la casa de las bellas durmientes & eguchi"



"Una poetisa muerta de cáncer en su juventud había dicho en uno de sus poemas que para ella, en las noches de insomnio, "la noche ofrece sapos, perros negros y cadáveres de ahogados". Era un verso que Eguchi no podía olvidar. Al recordarlo ahora se preguntó si la muchacha dormida -no, narcotizada- de la habitación contigua podría ser como el cadáver de un ahogado; y vaciló un poco en acudir a su lado. No le habían dicho cómo la sumían en el sueño."

"mil grullas & kikuji"



“Desde el día de su nacimiento se alimentaba allí y, desde el día que comenzara a ver, vería esa horrible mancha en el pecho de su madre. Su primera impresión del mundo, la primera impresión de su madre, sería esa horrible mancha, y ahí quedaría esa impresión, a lo largo de toda la vida del niño.


(…) Cuando recibió la nota que lo avisaba de que ella se proponía realizar la ceremonia del té como excusa para presentarle a una joven, la mancha flotó ante él una vez más y, puesto que la presentación la realizaría Chikako, se preguntó si la joven tendría la piel perfecta, una piel libre de la más leve marca.”


"el rumor de la montaña & shingo"




"El sonido se interrumpió y, de repente, tuvo miedo. Quería interrogarse, con calma y determinación, si había sido el sonido del viento, el rumor del mar o un zumbido dentro de sus oídos. Pero había sido otra cosa, de eso estaba seguro. La montaña."

"¿No sería que, de haber dado rienda suelta a sus deseos de rehacer su vida, Shingo habría querido amar a la virginal Kikuko antes de que se casara con su hijo?"

"catedral"



Invierno. No llovía. Lloviznaba como casi siempre. Aquellas pequeñas lágrimas engarzadas sobre un hilo invisible formaban ya parte del paisaje. No molestaban, aprendías a convivir con ellas. Descendía del tren y caminaba en dirección a la catedral; frente a ella, con el oscuro telón de fondo de la noche y apoyando el paraguas sobre sus húmedos hombros, admiraba en silencio cómo su mayestática silueta perfilaba con solemnidad el manto de la noche. Sobrecogedora imagen. Tras varios minutos de húmeda contemplación, en los cuales las lágrimas se confundían con la lluvia, volvió el paraguas a su posición original; y con lentos pasos enfiló el camino a casa, no lejos de allí, en la Rúa Nueva. Se profesaban amor mutuo: ella y su amada catedral de Santiago de Compostela. Una fidelidad esculpida sobre el silencio, lluviosa y nocturna.

"ámame porque sí, no porque yo te ame"



"Cuando me refiero a encontrar a la persona indicada no me refiero a encontrar a alguien que resuelva mis problemas, ni que me sirva de muleta para cuando me sienta decaído. Tampoco me refiero a alguien que esté siempre pensando en mí, que me extrañe o que sienta que me necesita. Sino a encontrar a alguien que esté ahí, que comparta el tiempo conmigo ya que yo le compartiría el mío también. Alguien que sepa estar sin mí pero que prefiera estar conmigo, alguien que sienta y actúe pensando en un “nosotros” y no en un “tú” y un “yo” por separado. Alguien que me ame porque sí y no porque yo le ame."

"barcelona, lo bello y lo triste"


Barcelona, 23 de enero de 2009.


Me permito la licencia de acompañar al nombre de esta provincia el título del libro de uno de mis autores predilectos: Yasunari Kawabata.
Y, recordando a Italo Calvino, otro titular para este escrito bien podría ser: “Las ciudades y los estados de ánimo”.

Me voy de Barcelona, o, más bien, regreso a donde debo estar. Vuelvo a la ciudad en la cual parte de mis sueños se hicieron realidad: Madrid, que me concedió el beneficio de la duda razonable. Allí me espera la persona más importante de mi vida, mi hija; mi socio y mi empresa, el sueño de dos personas hecho realidad a base de ilusión, esfuerzo y talento.

Tres años, Barcelona, han sido tres años habitando en tu seno. No quiero hablar de lo triste, porque ello significaría conceder protagonismo a quienes no se lo merecen y que tanto daño gratuito han causado sin motivo. Fatiga siento ya de su estupidez. De ellos ya han hablado su silencio y sus actos, o ausencia de los mismos.
Recordando a Pavesse: “Llega un día en que hacia aquel que nos ha perseguido sólo sentimos indiferencia, fatiga de su estupidez. Entonces, perdonamos”.

Prefiero dedicar esta despedida a las personas que, sin pretenderlo, han logrado que lamente mi marcha.

En ellas he encontrado y me han transmitido sensaciones hermosas: calidez, cariño, espontaneidad, sonrisas, buen humor, naturalidad y cercanía sincera. El otro lado de la moneda que, en un momento dado, llegué a pensar, Barcelona no tenía.

No hace mucho ansiaba irme con todas mis fuerzas, odiaba esta ciudad; mas lo hacía desde la indolencia y el dolor infligidos por quienes contribuyen a tejer el tapiz de la inmerecida mala fama que tiene Barcelona fuera de sus fronteras. Ahora, hoy, me cuesta hacer las maletas y decir adiós. Y mis amigos y compañeros son los causantes.

Gracias a todos y hasta siempre, porque regresaré por vosotros y gracias a vosotros.

Joan, cuánto me ha costado despedirme, mucho; mi aprecio por ti es sincero y grande. Eres la discreción y ternura hechas carne en cuatro caracteres de un vocativo. Siempre estarás presente en mi memoria. Gracias por tus buenos deseos, ojalá sea merecedora de ellos. Tu “Libro de Estilo” es fiel compañero de consultas y de mesilla. Eres todo un señor.

Anna, (para mí siempre serás “Anita”), mi compañera de gimnasio y “del cortadito de los jueves”, eres estupenda y estás ídem. Yo, también, te llevo en mi corazón y serás protagonista de mis mejores recuerdos. Presumiré de que tengo una "muy buena amiga catalana" cuando esté en Madrid, se pondrán verdes de envidia.

Ainhoa, nuestra monitora, la mamá del “Chiquipark”. Te echaré de menos, has sido y eres una profesora maravillosa. Que lo sepan tus jefes.

Miguel Ángel, ¿a quién voy a sacar la lengua a modo de saludo a partir de ahora? Aunque no esté, piensa que te estaré mirando con el “rabillo del ojo”, (tú ya sabes de qué va la broma, ¡ándate con ojo!).

Marc, gracias por tu llamada de despedida, sigue practicando “spinning” y que tú lo sudes mucho. A Marc_ar distancias.

Cómo olvidar a Ed, mi querido Ed. Qué decirte que tú no sepas ya.

Carlos, “Ritter Ritz”, que no has dudado en acompañarme en uno de los momentos más tristes y duros de mi vida. Como tú bien dices: “el arte es curativo”, y tienes razón. Gratificantes e inolvidables momentos hemos compartido juntos asistiendo a los conciertos de música clásica en “La Pedrera” o a la magnífica exposición de fotografía de “Man Ray, Duchamp y Picabia”, en el MNAC. El cuadro que pintaste especialmente para mí, inspirado en una de las piezas que tanto me gustó de la exposición, forma parte ya de mis posesiones más preciadas. Como buen pintor, has aportado unas indelebles pinceladas de color a mi vida. Y cómo no, agradecerte una y mil veces que me hayas presentado a tres escritores maravillosos: Kawabata, Calvino y Pavesse. La lectura de sus libros ha sido una de las mejores terapias para combatir el dolor y la tristeza.

Mariano, todo un caballero y derroche de generosidad, mil gracias por tu inesperado regalo de navidad y por invitarme a compartir la cena de fin de año con tu familia. El más cálido y reconfortante cierre que he celebrado desde el 2004.

Jordi, compañero de taburete y charlas interminables en nuestra cafetería del barrio; luchador incansable contra un gran enemigo: cáncer de pulmón, nivel 4 sobre 4. Ole tu optimismo y ganas de vivir.

Mis compañeros de café matutino en “Aversa”: Luis y Bruno, sus propietarios; Manel, siempre estás estupendo; Pilar y su amiga, la secretaria de Ricardo Bofill (ahora mismo no recuerdo su nombre); Alejanphrey (Alejandro y su teckel “Humphrey”); Carmen Casas, articulista del diario “Avui”; entre otros.

Mercedes, mi paisana, de la que tanto apoyo y cariño he recibido. Excelente profesional de la tienda “Jofré”, en Passeig de Gràcia. Preguntad por ella si por allí os pasáis. Es encantadora, como buena gallega.

Hasta más vernos, vosotros sois lo bello que recordaré siempre de esta ciudad. Lo triste está guardado bajo llave y, por fin, es caso cerrado.

Gracias, Barcelona, por todo lo hermoso con que me has obsequiado. Todos ellos son motivo más que suficiente para volver y sonreír de nuevo.

Adéu, amics. Petons.
Deica logo, amigos meus. Bicos.


viernes, 13 de abril de 2012

"el suicida errante | segunda parte"



Pasado el plazo de los siete días que le había dado Sebastián, pasó a recoger el colgante. No cabía duda de que su amigo era el mejor en su oficio, la talla era de una hermosura sin par, perfecta y exquisita. Corrió hacia su casa. Sacó de un estuche tres delicadas tiras de terciopelo con un cierre de plata en sus extremos, las pasó por el colgante y lo contempló extasiado. Satisfecho con el resultado, al mirarlo tuvo la certeza de que estaba hecho únicamente para ella. Lo guardó en una pequeña caja que él mismo había forrado con el terciopelo sobrante, se puso la capa y salió a la calle.


Irene no acudiría esa tarde a la tienda, le había dicho que tenía que ayudar a su madre en las tareas de la casa.“O ahora o nunca”, pensó y se encaminó hacia su casa. No quedaba lejos de allí, media hora de camino le separaban de estar con su amada. Ya ante la puerta agarró el aldabón y golpeó un par de veces, nadie acudió a abrirle. “Qué raro”, pensó, dentro se veía luz y eso significaba que había alguien. “Estarán en el cobertizo y no habrán escuchado la llamada”, Miguel decidió entrar; sus padres le consideraban un miembro más de la familia y desde que se había muerto su madre siempre se habían preocupado por él. Abrió y pasó a la estancia, que estaba en silencio y en orden. Dirigió sus pasos hacia la cocina, allí estaba la puerta que daba paso al cobertizo, se disponía a empujarla cuando oyó un leve y sordo ruido, se quedó quieto y agudizó el oído.

Transcurrieron varios segundos y, de nuevo, el mismo sonido, ahora algo más fuerte; esto le permitió identificar su procedencia: el piso de arriba. Subió las escaleras con cautela, a medida que se acercaba ya lo escuchaba con más nitidez, no estaba seguro pero juraría que alguien lloraba dentro del cuarto de Irene. Tuvo la certeza de que algo extraño estaba sucediendo cuando, frente a la puerta, comprobó que no era llanto sino gemidos lo que estaba escuchando. Algo en su interior le advirtió que no debía traspasar aquel umbral y, como una fatídica premonición, acudieron a su cabeza las palabras de su madre sobre la maldición del colgante. Haciendo caso omiso a su intuición comenzó a girar lentamente el pomo de la puerta, su corazón golpeaba tan fuerte que podía tocar sus propios latidos. Ya no había marcha atrás, entró en la estancia y ante la visión que allí se le presentaba quiso morir. Deseó que el mundo se abriese bajo sus pies y lo tragase.

Irene, sobre la cama y de espaldas a la puerta, gemía y se retorcía de placer, cabalgaba desenfrenada sobre quien le estaba haciendo el amor. Irene, su Irene… no podía dar crédito a lo que estaban viendo sus ojos; se sentía engañado, humillado y herido. Si hubiesen atravesado su pecho con cien espadas no hubiese sentido tanto dolor como el que ahora estaba carcomiendo sus entrañas. Sentía que se desmoronaba por dentro, su corazón se había roto en mil añicos. Desencajado el rostro por el dolor, palideció de celos y enloqueció. Inconscientemente echó mano a su navaja, aquella navaja que había utilizado tantas veces para pelar castañas se iba a convertir ahora en instrumento de la muerte. Lentamente se acercó a ellos, desde donde estaba ya podía ver la cara del otro, “¡Dios mío!”, pensó al reconocerle.
¡Era su amigo Sebastián!, el orfebre.

Ahora todo cobraba sentido. Irene se acostaba con un hombre casado y padre de dos hijos, por eso no podían hacer pública su relación, por eso ella insistía tanto y tanto en que no quería novio formal, por eso le había mentido tantas y tantas veces cuando como hoy le había dicho que no podía ir a su tienda. Agarró fuertemente la navaja y la abrió. Sebastián advirtió su presencia y sobresaltado se irguió sobre la cama, su rostro estaba lívido y el cuerpo inmovilizado por el terror. Irene volvió la cabeza y se llevó las manos a la boca para ahogar el alarido que acaba de proferir. Sin mediar palabra, Miguel se abalanzó sobre Sebastián y lo apuñaló en el pecho hasta matarle, doce veces, doce mortales puñaladas. Irene, dominada por el pánico e incapaz de moverse, siguió los pasos de su amante, de su corazón manaba un riachuelo de sangre, allí había enterrado Miguel a la muerte; su mirada, ahora fría y ausente de vida, reflejaba un terror indescriptible.

Ciego de dolor ante el cadáver de Irene, volvió la navaja hacia su cuerpo y con las pocas fuerzas que le quedaban la hundió en su vientre. Se dejó caer al lado de su amada y antes de morir acercó la boca a sus fríos labios para besarlos por primera y última vez. Cuenta la leyenda que el alma de Miguel, el suicida, está condenada a vagar errante eternamente para expiar su culpa. La tienda está maldita y todo lo que ella contiene mientras él habite allí. Redimirá su pecado y alcanzará la paz para su alma cuando consiga que el colgante, a través del amor verdadero, regrese de nuevo a la familia.



Cártobas Alumbakata

lunes, 9 de abril de 2012

"el suicida errante | primera parte"

by cártobas alumbakata

Esta historia tiene su comienzo unos cientos de años atrás. Todo sucedió en un día de diciembre del año 1697, muy cerca de la catedral de Santiago de Compostela. Miguel había heredado de sus padres una hermosa tienda en la que vendía delicadas joyas e indumentarias para peregrinos. Era un lugar muy concurrido por las adineradas damas de la ciudad y alrededores, en pocos lugares como aquel podían encontrar piezas únicas y de tan extraordinaria belleza, que luego lucirían orgullosas en fiestas y bailes. Miguel era un hombre respetado y querido por todos sus vecinos, su generosidad y carácter hospitalario eran conocidos entre los peregrinos, muchos eran los que habían dormido bajo su techo y compartido su comida.

En esta época del año y por las tardes, una vez cerrada la tienda, montaba un pequeño puesto de castañas en la esquina de Rúa do Vilar con Praza do Toural. Era un hombre feliz asando castañas y ofreciéndoselas a la gente que por allí pasaba, los niños le adoraban y siempre hacían cola para escuchar sus fantásticos cuentos. Cada día y, como si de un ritual se tratase, escogía una castaña, la pelaba con sumo cuidado y comenzaba su relato, afirmaba que entre los surcos se ocultaban oscuros secretos y antiguas leyendas.

Pronto cumpliría treinta y nueve años, no era un hombre especialmente guapo pero sí muy atractivo. En su rostro, de facciones angulosas, llamaban poderosamente la atención sus profundos ojos negros bajo los cuales se dibujaban unos gruesos y sensuales labios. Una melena de color azabache acentuaba su atractivo. Muchas mujeres suspiraban por él y hubiesen aceptado gustosas ser su esposa si se lo hubiese propuesto, pero Miguel sólo tenía ojos para Irene y estaba enamorado secretamente de ella.

Irene era una muchacha muy hermosa. Su exhuberante cabello, intenso en brillo y color como el mismísimo fuego, se derramaba indómito sobre sus hombros y acariciaba con voluptuosidad su cintura; en su rostro fino y alargado se anclaban unos hermosos ojos de color miel protegidos por unas largas y espesas pestañas. Aunque era muy flacucha, tenía una grácil figura. Se conocían desde pequeños y, desde siempre, habían estado muy unidos; Irene decía de él que era su alma gemela, y nada le gustaba más que ayudar a Miguel en la tienda, porque según ella aquel lugar era mágico.

Una de las tareas que más le entusiasmaba era ayudarle a limpiar la fachada, hermosa talla en madera de un bosque de castaños que llamaba poderosamente la atención de todos los que por allí pasaban. Mucha gente acudía al lugar tan solo para admirar aquel delicado y soberbio trabajo. Irene no deseaba novio formal y él, ante el temor de ser rechazado, nunca se había atrevido a declararle abiertamente su amor. Una tarde, mientras ponía orden en la trastienda, encontró dentro de una vieja y olvidada caja de madera una hermosa piedra de ónix. Recordaba haber escuchado a su madre hablar de ella, era herencia de sus antepasados y tenía que pasar de generación en generación. Estaba obsesionada con el hecho de que nunca debería pertenecer a nadie que no fuese de la familia, si alguien rompía la cadena de sucesión una terrible y oscura desgracia caería sobre su persona y los suyos; y la piedra, a partir de entonces, elegiría a su propietario hasta regresar de nuevo a ellos.

Extraño cuento pensó Miguel mientras no dejaba de admirarla. De repente, el rostro se le iluminó, con esa piedra haría hermoso colgante y se lo regalaría a Irene en prueba de su amor. Estaba decidido a no llevarlo por más tiempo en secreto, estaba locamente enamorado de ella y quería proponerle matrimonio. Ese mismo día acudió a la tienda de su amigo Sebastián, el mejor orfebre de la región. Le mostró la piedra y le preguntó si podría tallarla en forma de castaña para un colgante. Sebastián accedió a su petición, aunque le dijo que tardaría una semana pues era un trabajo complejo y delicado.

Al día siguiente, engañando a Irene, le pidió si podía acompañarle hasta la tienda de al lado para ayudarle a elegir una pieza de terciopelo. Invadida por la curiosidad quiso saber para qué era y él le mintió contestanto que era un encargo de una clienta. Ella le creyó y aceptó, allí eligió una fina pieza de terciopelo negro, el de mejor calidad, el más suave y dulce al tacto. De regreso, no cabía en sí de gozo, ya veía el colgante en el cuello de su amada. Irene al verlo tan contento no pudo evitar pasar su mano por el cabello de Miguel, en un tierno gesto de afecto. Ante el contacto y el calor de sus dedos no pudo evitar estremecerse, y pensó que no era tan descabellado que ella sintiese lo mismo, quizás estaba a la espera de que fuese él quien diese el primer paso...



(continuará)

martes, 3 de abril de 2012

¿conexión o relación?


Hay vidas que se pueden resumir en una sola frase, y frases que definen a una persona. 

La palabra, el arma más poderosa que existe, y la más bella. Lástima que últimamente se la someta a un trato vejatorio e inmerecido.

Las palabras conforman frases, éstas párrafos y así hasta llenar páginas y páginas: de un libro o de una vida. ¿Por qué ese empeño en economizar lenguaje si dilapidamos inútilmente el tiempo? ¿Con qué objetivo? ¿Dónde se queda el contacto directo, las relaciones humanas…?
¡Que me aspen si lo entiendo!

Caminamos irremediablemente hacia el analfabetismo tecnológico, pero no por obligación, sino por decisión propia. Nos escudamos en la rapidez para ahorrar caracteres a la hora de escribir. Mal de muchos, consuelo de tontos. Por ende, follemos más rápido para follar más; pero no por ello mejor. Confundimos el culo con las témporas, y nunca mejor dicho.

Queremos banda ancha en todo: en el amor, en el sexo, en el trabajo, en el día a día; una ADSL con muchos megas para vivir a más velocidad y ¡¿mejor?! ¿Para qué? para terminar en los canales de los chats vegetando y buscando emociones diferentes, asépticas y sin compromiso, porque el mundo real es demasiado estresante y tedioso, ¡qué paradoja! Más velocidad para buscar tranquilidad.


Amistad y sexo virtuales, rápidos y baratos, sin compromisos. Qué importa no ver la cara del otro u otra, lo importante es el ¡ipso facto! De eso se trata, y sin intimidad ni complicaciones. Ea.

¿Qué diferencia hay entre escribir “ola” u “hola”,“guapa” o “wapa”? ¿cuántas décimas de segundo ahorras para conseguir qué…? Vergonzoso y vergonzante, pero ésta es tan solo mi opinión, tan discutible como cualquier otra. Aun así la defiendo y demuestro que no es imposible escribir bien y rápido. Si somos capaces de manejar “cuarenta teclas” a la vez con los videojuegos y los móviles, escribir bien es coser y cantar. Lo que faltan son ganas y conocimiento de las normas y del idioma. La rapidez es una excusa barata e indefendible.

Alimentamos un monstruo que nos está devorando, tratamos de olvidar quiénes somos para ser quiénes desearíamos ser ocultando nuestra identidad y nuestras miserias tras un nick. Lo más curioso de todo es que todos coinciden en lo mismo: “Esto es una mierda”, pero nadie se va y casi todos repiten. ¿Qué harían pues si no fuese una mierda? ¿Vivir eternamente conectados?
Porque la gente ya no se relaciona, se conecta.
Ya se van quedando en el olvido y casi fósiles aquellas preguntas: “¿A qué hora quedamos? ¿dónde nos vemos?”. No, ahora lo que prima es: “¿A qué hora te conectas? ¿en qué canal? ¿Facebook, Twitter, Tuenti o Messenger? ”

Somos como enchufes hambrientos que se conectan a la red para inyectarse la energía que les falta en su vida diaria. Es un chute, una droga, una adicción, e incluso, en muchos, una enfermedad.
Todas las nuevas creaciones traen consigo destrucción cuando se hace mal uso o abuso de ellas, e internet no iba ser menos. ¿Cuántos no han confesado que han padecido adicción a los chats, cibersexo, juegos o videojuegos? Cientos, miles, millones. Y los que se lo callan y no dicen nada...

Adiós a la relación, bienvenida la conexión, y con ella la soledad del internauta. Hasta hay quien pretende forrarse de euros jugando online sentado en el sofá. Quien lo logre, afortunada sea su cartera y lo lamento por su culo y espalda. Que por todo se paga un precio, por ejemplo, una relación; y, a cambio, ganas una adicción, entre otras ya adquiridas.

Preferiblemente que vendas tu alma al diablo, te saldrá más barato: económica y emocionalmente. Al menos, de entrada, sabes con quién comercias.

Me gustaría cerrar este artículo con una frase memorable de una película inolvidable.

“La gata sobre el tejado de zinc”, de Richard Brooks.

“No vivimos juntos. Ocupamos el mismo espacio, nada más”, le espetó Maggie la gata (Elizabeth Taylor) a Brick (Paul Newman).